martes, 27 de marzo de 2012

NIÑOS SENDERISTAS--- REPORTAJE 1987

Era finales del mes de noviembre de 1987 y Julio Higashi tenía una nueva misión para su reportera.

El Ejército acababa de rescatar a cientos de pobladores de las garras de Sendero en las alturas ayacuchanas. Canal 9 tendría la exclusiva gracias a la amistad de Higashi con el entonces Coronel Ferreyros, ex jefe de Defensa Civil y porque, valgan verdades, el Noticiero del 9 era número 1 en el rating. Así que se dispuso que un equipo viajara a Huamanga (mi querida, debo añadir) para ser transportados a la zona.Viajamos Ricardo Silva Santistevan y moi con una buena cantidad de dinero para viáticos porque pensábamos quedarnos varios días para sacar notas extra ya que estábamos por esos lares.Esta vez el helicóptero que nos transportaba pertenecía a la FAP (¿serían más amables que los anteriores?), en fin,el viaje desde Huamanga hasta la zona de Chapi, ceja de selva ubicada en la provincia de La Mar duró 40 minutos en medio de una persistente lluvia que nos puso nerviosos a todos.



Los oficiales que nos acompañaban nos iban contando la historia: Cerca de 500 pobladores de caseríos cercanos, entre ellos 120 niños, habían sido mantenidos esclavos durante 5 años por miembros de sendero luminoso en las alturas de La Mar, Ayacucho. No sólo los obligaron a trabajar la tierra para ellos sino hasta a matar a quienes se les señalaba, sin mayor explicación que la amenaza. Por 5 años estos hombres, mujeres y niños vivieron bajo el yugo de sendero en las llamadas “bases de apoyo”.



Al llegar, nos encontramos con toda esta gente muerta de hambre, harapienta y desorientada, mezclada con los soldados que les entregaban porciones de comida, cuadernos a los niños, apoyo moral, etc.Para variar, el helicóptero nos dejó y se fue. “chispas, ojalá regrese pronto”. Si cuñao.Estábamos entonces Ricardo y yo en medio de esta selva, buscando ubicarnos para empezar nuestras entrevistas, tomas y demás cuando se nos acerca un moreno barbudo que se identificó como “El Ayacuchano”. Era un miembro de la Policía (PIP de entonces) que estaba destacado a la zona hace tiempo y nos contactó con algunos de los rescatados para que nos contaran sus historias.

Uno de ellos era un hombre de aproximadamente 40 años que sin titubear nos empezó a contar frente a cámaras cómo había tenido que matar a unos cuantos porque su “mando” se lo había ordenado; la situación era simple: o mataba al tipo o le mataban a la familia. Luego entrevistamos a algunos niños con la ayuda de un traductor.Estos chicos no habían tenido más educación que la que le impartieron los terroristas en las escuelas populares pero lo que más me impactó fue cuando empezamos a preguntarles sus nombres. En quechua, el militar les hizo la pregunta:-“Imata sutiki”......y un niño de unos 10 años le respondió:-“Casimiro”- “Imata sutiki combate” volvió a preguntar el soldado-“!Freddy!” fue su contundente y orgullosa respuesta. El corazón, sin embargo, me dio un vuelco estrujado por una mezcla de tremenda pena y rabia cuando la misma rutina se repitió con un niño de ¡4 años! Su nombre era Jorge pero su nombre “de combate” era Mario.



Luego de haber estado en este caluroso, verde y olvidado lugar por cerca de dos horas, pensamos, muertos de sed y hambre, que el momento de partir había llegado. Así que bajamos del monte hacia el punto donde el helicóptero nos había dejado: un claro en las faldas de un monte de vegetación espesa atravesado por un pequeño riachuelo. Pero el helicóptero, por supuesto, no estaba. Nos moríamos de sed, recuerdo bien, así que como no había nada que tomar, Ricardo Silva Santistevan y yo nos tiramos al suelo a tratar de recoger agua del riachuelo con nuestras manos y a tomar todo lo que pudiéramos. Qué bichos ni que nada. Lo que sucedió después podría parecer sacado de algún dibujo animado (el coyote o Bob Esponja, who cares).

Escuchamos el sonido característico de un helicóptero acercándose a nosotros.

-“!Cachi-cachi!” gritaron los soldados y Ricardo y yo bajamos corriendo del monte hacia el claro donde ya empezaba a aterrizar la nave. Tropezones de por medio, ya estábamos casi ahí cuando, al acercarnos con nuestras pilchas a la puerta abierta por donde descargaban paquetes para la zona y yo alzaba mi patita frenéticamente para auparme al cachi-cachi, uno de los oficiales, en medio del ruido ensordecedor (ni siquiera habían apagado el motor) me dijo mas con señas que con palabras que NO, todavía no nos iban a recoger, que ya regresaban; dicho esto, empezaron a elevarse sin tomar en cuenta mi cara de desesperación y al momento de girar el aparato para irse, el chorro de aire caliente de las turbinas me dio directo al cuerpo y me levantó (lo juro, pregúntenle al “Carnero” Ricardo cuando lo vean) y a lo único que atiné fue a agarrarme con todas mis fuerzas a un árbol que estaba allí puesto por mi ángel guardián y a volar misma bandera al viento. No es broma. Carnero se reiría de eso a morir, contándoselo a medio mundo (yo también me reí, solo que mucho después) y los que rieron aún más, porque los vi, fueron los pilotos y auxiliares del helicóptero. Pasó una hora más.....la sed y el hambre eran insoportables. Habíamos subido nuevamente al monte y estábamos tirados, ahí, en el verde conversando con “el ayacuchano” que nos contaba que era un PIP y que pronto lo regresarían a Lima cuando nuevamente se escucha ese hermoso sonido que hacen los helicópteros.

-¡”Cachi-cachiiiii!” y patitas para qué te quiero, ahí íbamos otra vez, cargamos la cámara, cassetera, bolsa con cassettes y nuestras almas y bajamos corriendo el monte.No me van a creer pero es cierto; la misma escena anterior se repitió y ahí sí sentí que los FAPs lo hacían por joder. -“Tenemos que traer una carga mas y los llevamos, ahora no” o algo así, franco que no puedo acordarme exactamente lo que me dijeron porque casi lloro. Casi lloro pero volvieron a hacerme volar. Ese árbol todavía debe tener mis huellas. Más de una hora después regresaron y ahí si nos dejaron subir. Algo que recuerdo mucho fue cuando subieron también unos soldaditos rasos, cinco si no recuerdo mal, que les pidieron una “jaladita” porque si no tendrían que ir a su destino a pie y eso significaba ¡5 días de viaje!. Así que luego de una media hora de vuelo, el cachi cachi se posó en medio de la nada y dejó a los soldaditos que desde ahí seguirían a pie hacia su estación de servicio. Sentí un profundo respeto por estos soldados que en ningún momento soltaron una queja o reclamo.

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